Ante la escasez de propuestas
novedosas para programar en la pantalla chica, nuestros hermanos anglo sajones,
expertos en la manipulación mediática y de contenidos, modas e imágenes;
crearon para la teleaudiencia en sus países un género grotesco en su inmensa
mayoría, al exhibir a través de la televisión los momentos y las acciones
de comportamiento del diario vivir de grupos de personas, sobre todo en situaciones
de competitividad frente a otros congéneres. El nuevo prototipo obligó a
convivir en espacios pequeños a grupos de concursantes en procura de demostrar
habilidades en cocina, baile, actuación, citas a ciegas, destrezas físicas
hasta concurso de talento musical.
Ante todo procurando elevar el nivel
de competitividad y estrés entre personas que no se conocían y clasificadas de
acuerdo a improcedentes análisis psicológicos para enfrentar personalidades muy
opuestas.
De igual manera esta técnica permitió
explotar el deseo de figuración y reconocimiento instantáneo entre los
participantes (15 segundos de fama); despertando en ellos los instintos
perversos que encerramos los seres humanos, manifiestos tras alimentar la
rivalidad bajo la suficiente presión.
Todo está parafernalia con el fin de aumentar
la participación de las audiencias medidas a través del rating y obtener la mayor
afluencia de anunciantes para maximizar las ganancias de canales y productoras.
Así cada vez el mal gusto y la chabacanería
han ido depredando el género exponiendo con mayor ahínco a los participantes a
las muchas humillaciones además de vulgares conspiraciones.
La razón que me motivó a dedicarle una
reflexión a este asunto nació de una invitación a participar en un show de
estos dedicado a las competencias de cocina. Confieso que lo alcance a
considerar, pero luego de recordar las escenas de abusos y además las concesiones
y capitulaciones que le obligan a firmar a uno si es bien recibido al pasar las
convocatorias de casting; mejor opte por no participar. Así ante ello preferí
mejor dar el paso al costado y evitar el verme sometido a vejámenes y a ridículas
pretensiones de productores vulgares.
Ahora es muy cuestionable el cúmulo de
contenidos deshonestos que exhibe en la actualidad nuestra parrilla televisiva.
Sin duda se ensalzan la superficialidad y la banalidad para así engullir a la
gran mayoría de teleaudientes en una corriente de consumismo carente de sentido
común, que a la vez consigue mantener a los espectadores anestesiados ante
abusos corporativos, fenómenos de corrupción y todo el resto de desaciertos en
que incurren con frecuencia quienes nos lideran.
Mientras el Ébola surca los mares con
su amenaza escalofriante o el nuevo virus de Chikungunya se convierte en
pandemia, la teleaudiencia disfrutó haciendo matoneo en contra de un adolescente
que participa en un reality musical convocado para niños y jóvenes; todo por
una evidencia de comportamiento gay. Claro imágenes muy bien manipuladas y
seleccionadas para motivar a los televidentes bárbaros a emitir su homofobia en forma de comentarios en redes sociales. Esto comprueba como los concursantes son
solo marionetas utilizables para los fines morbosos que aumenten el rating del
programa.
Ahora como en la mayoría de las
acciones que enfrentamos en la actualidad ya se detecta la necesidad de legislar
hasta donde estos espacios pueden invadir la privacidad de los participantes.
Porque ante tanta desfachatez por parte de los productores se puede advertir
que llegará en algún momento la intolerancia fuerte que se derive hacia actos
de violencia. Espero que no llegue ese momento para que las autoridades se
decidan a intervenir.
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